Yliana nos ayuda a fijar la mirada en la luz que se asoma al final del túnel, seguros de que los sueños pueden cumplirse aún estando lejos de donde nacimos.
Esta carta viene de parte de Yliana Ledezma, venezolana, escritora, parte de nuestra comunidad. Es un texto que nos muestra un recorrido del que todos somos parte, entre las sombras y las luces de reconstruir la vida en un nuevo país.
A continuación, las palabras de Yliana:
«Mi compatriota querido, esta carta es para ti:
Los primeros meses en España, mis hijos pasaban horas encerrados en su cuarto, con las persianas bajadas, como si la luz del nuevo país les picara en los ojos. Yo escuchaba sus silencios desde el pasillo, con el eco interno de la duda. Hoy, veinticinco años después, entiendo que la migración empieza así: en un cuarto oscuro donde uno tiene que afinar todos los sentidos para encontrar una luz que todavía no sabe dónde está.
Confieso algo que nunca dije en voz alta: hubo un día en que mi hijo de once años caminó solo por una ciudad que aún no conocía, para buscar a su hermanito enfermo en el colegio. Yo había salido de viaje por el día, y allá estaba, tragándome el miedo, sintiendo que no estaba siendo la madre que ellos necesitaban. Aún hoy, al recordarlo, me conmueve pensar en el peso que aquella decisión también puso sobre unos hombros tan pequeños.
Con el corazón arrugado, partí de nuestra tierra cargando dos voces que no se callaban. Una lloraba, dudaba, extrañaba. La otra decía: “es lo que tienes que hacer, todo va a salir bien”. Les bajé el volumen a ambas. Solo podía enfocarme en sobrevivir: casa, colegio, papeles, ingresos, estabilidad. No había espacio para la nostalgia.
Más de una vez me provocó regresar a lo conocido, volver con mis querencias, a ese lugar donde ya tenía una trayectoria. Pero al salir de Maiquetía decidí quemar los barcos. Me dije: “no hay vuelta atrás”. Ese pacto conmigo misma fue ancla y motor a la vez. Me sostuvo cuando la nostalgia me apretaba el pecho y cuando las dudas eran más grandes que yo.
Con el tiempo, los esfuerzos empezaron a dar frutos. Pero tuve que obligarme a verlos, porque una mente cansada no siempre reconoce lo que sí está funcionando. Aprendí a darle un significado a cada pérdida: lo que dejé allá siempre será mío; los momentos con mi familia serán menos, pero más intensos; desde aquí podré tender la mano a los que vengan detrás. Así, esa voz fue entrando despacio en el corazón.
Aprendí también que uno no se adapta de golpe: se adapta de a ratos. Llega a cuentagotas: cuando de pronto conoces las calles, entiendes las expresiones, tienes tus marchantes, la gente pregunta por ti, y empiezas a sentir la ciudad un poco tuya. Adaptarse no es renunciar. Es crecer.
Y un día, sin anunciarse, llegó el momento de abrir espacio a gente nueva. Me inscribí en asociaciones, clubes de lectura, actividades deportivas. Conocí personas que se volvieron parte de mi mundo. Que hicieron que el “otro” de la palabra “nosotros” tuviera un brillo que jamás imaginé encontrar tan lejos de casa.
Quiero decirte algo desde mi verdad: aunque al principio la oscuridad intente apoderarse de uno, los sueños se cumplen, siempre y cuando uno haga su parte. Hay una comunidad de venezolanos que estamos dispuestos a acompañarte, y también españoles que te abrirán las puertas de su casa y ocuparán un lugar especial en tu vida y en la de tu familia.
Mi mantra, el que me ha acompañado desde el primer día, es este: todo lo hago con el gentilicio en alto, orgullosa de ser venezolana. Te lo regalo, por si un día te falta fuerza.
Cuando mis hijos levantaron por fin las persianas y dejaron entrar la luz, supe que la vida también se abre paso en tierra ajena. Y sentí que el camino recorrido había valido la pena. Si yo pude, tú puedes.
Con cariño del bueno,
Yliana