Llegué a Madrid en 2018 buscándome la vida. Madrid es una ciudad acogedora que abraza y no me puedo imaginar estar en otro lugar, porque Madrid es cercana, es amiga, no tengo miedo.

Yo soy periodista, con una carrera en televisión de más de veinte años como directora creativa y aspirar a eso aquí es darse contra una pared. Nunca voy a dejar de buscar, pero mientras, tengo que ganarme la vida. Una de las situaciones que hay que interiorizar y superar a la hora de llegar a otro país es que hay que estar preparada para encontrar otra manera de ganarse la vida, y no hay que tener ni reparo, ni complejo, ni miedo.

Madrid tiene un lado generoso, amigable, que se parece a mí, un movimiento cultural que me interesa, nada frívolo. A mí me ha hecho bien vivir aquí. Creo que la clave es “plantarle cara”, meterle pecho. Madrid me ha cambiado la vida. En la difícil contingencia de dejar tu casa, a los tuyos, lo primero que hizo Madrid fue ayudarme, como una amiga que dice “te tiendo la mano”. Y luego, me retó.

¿Qué me enseñó Madrid? A vencer el miedo.

Mi primer trabajo fue en una empresa de colocación inmobiliaria de estudiantes extranjeros. Descubrí Madrid con google maps, conocí muy bien cada rincón. No era un trabajo fascinante, tenía que enfrentarme a pisos de estudiantes en terribles condiciones, y uno cae en inevitables comparaciones.

¿Cómo un estudiante puede gastarse dos mil euros en un piso y yo tengo que reunir para enviarle a mi familia un cuarto de esta cantidad?

Mi vida cambió y no necesariamente para mal. Cada euro que haga es importante, no importa si es fuera de la carrera en la que me desarrollé.

Siempre tuve trabajos de oficina, en el área cultural, rodeando el periodismo, la filosofía… Nunca me enfrenté a empezar de cero. Y un día me vi empezando como camarera de terraza. Yo no sabía ni por dónde se agarraba una bandeja y se convirtió en una aventura. Lo aprendí, le cogí el gusto, conocí gente. Gracias a unos amigos, comencé a trabajar en La Prudencia, negocio regentado por venezolanos. Aquí nos apoyamos siempre entre nosotros.

Me siento bien y fuerte. Uno aquí empieza a relativizar todo, las cosas que importan, las cosas que no. Como casi todos los venezolanos de clase media, tenemos que ayudar a nuestra familia. Y eso no tiene interpretación, hay que salir y ganarse la vida y si lo haces con una sonrisa, mejor. Como camarera amargada no me darían propina. Nunca me imaginé que a los cuarenta y siete años me iba a hacer experta en negronis y en dry martinis.

De Venezuela extraño el mar, que para mí es una metáfora: mi familia, mis raíces; me conecta el mar. Soy del estado Aragua y soy una costeña total. Extraño mi familia, mi casa en Bello Campo, mis calles, mis amigos íntimos que están allá. Pero evito ese viaje a la nostalgia.

Una vez entrevisté a Susana Rinaldi, la gran cantante de tango, hace muchísimos años. Le pregunté acerca de la nostalgia de migrar, porque ella vivió la dictadura argentina y tuvo que irse a París. Se molestó… Me di cuenta que la nostalgia es una palabra que un migrante no puede mencionar. Tenemos que vivir fuera de ella. Yo no puedo permitirme la nostalgia.

📷 @Angela Bonadies

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