Llegué a España en Octubre de 2018. Yo era una de esas venezolanas que esperaba siempre la lucecita al final del túnel, empeñada en que las cosas iban a cambiar, pero se salieron de control y aparecieron detonantes que aceleraron la decisión. Tuve un accidente de tránsito, empezaron los problemas de trabajo, pero sobre todo la preocupación por todos los factores externos que empezaban a afectar la vida de mis hijos. A pesar de que quería mantenerlos en la burbuja, había problemas reales como los de la falta de medicina, la migración de los maestros en los colegios o la inseguridad que no parecían tener vuelta atrás. Me di cuenta que no podía sostener esa burbuja y comenzamos a planificar a dónde nos iríamos.

La primera opción fue Latinoamérica, pero lo descartamos porque pensamos que tarde o temprano sería lo mismo que Venezuela. Así que decidimos por España, ya que mi esposo tiene la nacionalidad europea y por ese lado sería todo un poco más fácil. Además, ya mi hermana estaba aquí y podíamos juntarnos y ayudarnos; porque es muy distinto venir de turista que comenzar a vivir en el lugar. Todo ello, y la posibilidad de tener permiso de trabajo rápido, influyó en la decisión.

Mi esposo se vino primero a explorar posibilidades y mientras tanto, en el proceso de planificación, yo luchaba con el quiebre mental, con la necesidad de desapegarse de todo y comenzar de cero.

Lo que más me costó al llegar a Madrid fue el cambio de ritmo. Yo venía de Maracay, de resolver 500 problemas por minuto y aquí me colocaron un freno de mano. Con los niños me fue muy bien: a los 15 días de llegar ya estaban estudiando, no tengo ninguna queja.

A pesar de que estamos en la capital, aquí el ritmo es muy lento en comparación. Cuando emigras, todo tu ser se fragmenta y se vuelve a ordenar, aprendes a apreciar y a vivir cada día, agradecer que tienes techo y comida. Siempre estoy mirando a Venezuela a ver cómo está la cosa allá, donde uno tiene a su familia y sabemos las dificultades que atraviesan.

Todo es una odisea. Aquí los problemas son otros, ojalá se pudieran juntar ambos mundos, pero sabemos que no es posible. Quejarse no sirve para nada y yo agradezco tener un trabajo.

Por otra parte, soy feliz por haber recuperado la libertad de salir a la calle, acceder a espacios abiertos, llevar a los chamos a los parques. Para nuestra familia, eso ha sido fundamental y ha justificado los sacrificios. Queríamos que tuvieran la infancia bonita que nosotros tuvimos.

Y, aunque al principio fue un choque cultural, a pesar de que hablamos el mismo idioma, me he dado cuenta de que somos una comunidad con muchos valores que ofrecer y gran capacidad de servicio.

Una anécdota curiosa que le comentaba a mi esposo, es que nunca veía mujeres embarazadas, y eso en comparación con Venezuela era muy impresionante. De hecho, en mi barrio los abuelitos se volvían locos de cariño por mis chamos, como si no hubieran visto un niño desde hace mucho tiempo. Eso los hacía sentir súper especiales y nos brindó calidez en el proceso de adaptación.

 

📷 @Angela Bonadies

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