Foto Guillermo Barrios

📷 @analuisafigueredo

“En mi vida he tenido varias peripecias en aeropuertos.

Como trabajador en museos, colaboraba con una Fundación con base en Washington. Nos ocupábamos de un proyecto muy interesante, en el que ayudábamos a instituciones culturales a pasar de un régimen autoritario y cerrado a una economía abierta.

Tuve que desplazarme a Liviv, una zona remota de Ucrania. En ese aeropuerto, con poca señalización en caracteres desconocidos para mí, me ubiqué frente a la salida del vuelo. No había ningún viajero y me inquietó la falta de actividad pues era la hora de embarcar. El personal que había allí sólo hablaba ucraniano o ruso profundo. Pero me respondieron con gestos que el vuelo ya había salido. No había ajustado mi reloj a la zona horaria y había llegado tarde. Uno de ellos hizo una llamada y me abrió la puerta de atrás del mostrador para hacerme pasar. Me dirigió a la pista, de allí a un jeep descapotable hasta un avión de hélices tipo militar. Fueron tres horas atormentado con el infernal ruido de las hélices. El paisaje que podía ver era totalmente desconocido.

Tenía miedo, era como un paréntesis de mi vida.

Cuando descendió el avión, reconocí que estábamos llegando a Liviv.

Para mi, esta experiencia fue sentirme como una especie de Indiana Jones que finalmente llegó a su destino”.

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