Lo que más recuerdo de Venezuela es la playa. Las playas. Es como una ambientación: el salitre sobre tu cuerpo, ese vapor que no se mueve -aunque a veces hay brisa-, el horizonte, navegar. Todo lo que tiene que ver con «estar en el mar«, las empanadas de cazón, las cervecitas. El mar me tranquiliza, me calma, es mi medio, aunque no soy pez. Para mí Venezuela es la playa, es un estado, un modo de ser. Para mí la playa tiene ritmo, la cultura negra, los tambores.

Por otro lado, Caracas para mí no es Venezuela, es Caracas. Amo Caracas. Yo tengo veintiún años fuera, viviendo en Barcelona, y no puedo decir cómo es ahora mi ciudad.

Venezuela es para mí una paradoja vital. En Barcelona todo funciona, tiene escala humana, los semáforos quieren decir lo que quieren decir, hay normas. En Venezuela la norma es: “no se sabe”. Entonces uno siempre tiene que estar en proceso creativo, intentar intuir cómo se va a construir la realidad que viene para poder anticiparse y poder hacer las cosas. Como sacarse la cédula. Tú te llevas todos los papeles más los que no te piden, “por si acaso”. Llevamos la institución y el orden social a cuestas.

Vamos con nuestra memoria a cuestas porque las instituciones no guardan la memoria de uno.

Aunque es lo que nos saca de allí, porque se convierte en arbitrariedad y violencia, ese ir con toda la memoria social, colectiva e individual a cuestas, eso es experiencia y conocimiento de la experiencia.

📷 @Angela Bonadies

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