Guillermo Barrios

Primero fue Almodóvar. O no. Pensándolo bien, fueron aquellas postales de fotos grandilocuentes (Cibeles, el edificio Metrópolis, el paseo del Prado y la fuente de Neptuno, los neones de Callao…)  remitidas desde José Antonio 17, hoy la Gran Vía, donde vivió mi madre en los sesenta a raíz de su divorcio de mi padre. Lo cierto es que, cuando puse un pie sobre Madrid en 1992, vía la Sevilla de la Feria Mundial, me pareció volver a una ciudad que ya conocía, y las veces que retorné y ahora que resido aquí, la he encontrado como un lugar entrañable, que se desenvuelve a partir de aquella visión inicial: la campechana, un poco decadente y aspiracional de las postales y la loca, extrovertida, aquella al borde de un ataque de nervios, que había disfrutado tantas veces en pantalla.
Y priva esta última cuando trato de recrearla en mi imaginación. Me digo: “en la escena madrileña, como en las pelis de Almodóvar, no existen figurantes anónimos, callados”. Aquí todo el mundo tiene un papel, participa del tableau vivant.  Carlos, quien barre la calle frente a mi lugar de trabajo, me pone al día sobre lo que acontece en los tableros de las competencias de jai alai en el mundo y, aunque a mí no me interesa ese deporte especialmente, a él sí. “Soy un fanático, sin ser vasco, y hay que ver cuántos hay por doquier. Aunque aquí la gente no vea más allá del fútbol, yo sí, y vea que la gente confunde la pelota vasca con el trinquete…” Y así indefinidamente, con miles de ilustraciones en su móvil, mientras me puede capturar en un receso de su itinerario de limpieza, que cumple religiosa y profesionalmente, calle arriba, calle abajo, desde hace 30 de sus 55 años.  Eso es sin lugar a dudas (con el perdón de El Rastro, que merecerá un escrito propio), lo que más me gusta de Madrid: su gente. Su gentileza y elocuencia. En este universo, los taxistas cumplen un rol protagónico y contradictorio, los disfrutas con su puesta al día de la realidad en pleno desarrollo, cuando estás de pasajero viéndoles la nuca, o los sufres viendo su cara de cabreado, cuando se te ocurre ser peatón o tanto peor, ciclista, en las calles que ellos reivindican de su exclusiva propiedad. Una pelea a cielo abierto no sólo contra los úbers y cabifais, sino con cualquiera que ose poner un pie sobre su asfalto.
Como usuario de Bicimad, el oportunísimo sistema de bicicletas compartidas de la ciudad, he recibido sorpresivos bocinazos e inimaginables improperios. Desde un inocente “Gilipollas!!!” (con el que me gradué de ciclista urbano acá) hasta irrepetibles expresiones que Hemingway hubiera querido registrar a su paso por España, cuando se fascinó con el rico léxico local de blasfemias y denuestos. Confieso que, como el escritor, también lo disfruto y juro que trato de comportarme para no recalentar el denostado tráfico madrileño. Sigo tranquilo a bordo de mi Bicimad porque me encanta la libertad de no ir encabinado y poder ver en 360 grados la ciudad que tanto me gusta.
Me fijo, por ejemplo, en la señalización de las calles (en Caracas, a falta de señalización preferimos indicar las direcciones con el frondoso árbol de acacia que ha crecido al centro mismo de la calle frente al edificio o a partir del negocio “de al lado”). El callejero de Madrid es un verdadero libro abierto. He descubierto, por ejemplo, la pintura barroca de Claudio Coello, de quien no tenía noticias, aprovechando la cándida impuntualidad de un amigo caraqueño en la calle homónima, esquina con Goya.
Y es que las vías de Madrid propician el homenaje cotidiano. Cuando transito por ellas, además de notar cuan relegada ha estado la mujer en su historia (muy pocas calles, más allá de santas y devotas, llevan nombre de mujer), me llama la atención las placas impuestas sobre la fachada de algunos edificios: músicos, pensadores, inventores, escritores, que han nacido o pasado por aquí. Gracias a ellas, frente a la Casa de las Flores en Chamberí arriba, confirmé el talante contemporáneo de Neruda, quien residió en este moderno edificio diseñado por Secundino Zuazo en 1931. A propósito de encuentros como éste, me he convencido que la entrada de la arquitectura moderna al espacio de la ciudad no fue un proceso fluido (la Torre de Colón con su tope neo maya dixit), y para encontrarla hay que acudir a las joyas que, aisladamente, surgieron en el mapa venciendo las vicisitudes de su tiempo: el Gimnasio de las Maravillas de Alejandro de la Sota; el conjunto de viviendas para militares en la calle San Bernardo de Fernando Higuera y Antonio Miró; las Torres Blancas de Saez de Oinza, entre otras. Bañado de revelaciones, Madrid es un libro abierto de arquitectura y en mis paseos por la ciudad me ayudo con la Guía de Arquitectura de Madrid, de la Fundación Arquitectura del COAM.
Para un caraqueño trasplantado, que vivió los tiempos de una ciudad que se hacía desde cero al amparo de la modernidad y para quien ha vivido la mayor parte de su vida dependiente del automóvil y de las promesas de artificio de los centros comerciales, un placer inconmensurable es la vivencia del espacio público, una dimensión que se realiza espectacularmente en esta ciudad. El placer de caminar y perderse en Madrid —con una infraestructura cada vez más amable y con las mínimas precauciones de seguridad a cualquier hora del día o la noche— es una verdadera bendición. Madrid es una ciudad bordada de plazas. Todas sus calles y callejuelas conducen tarde o temprano al ágora, al encuentro. Bulliciosas o calmas, las plazas nos esperan para orientar y refrescar el camino, para abrir la vista al cielo (si digo “siempre azul” caigo en una fórmula manida, ¿no?).
Y si bien no hay consenso entre mis vecinos, siempre con una opinión a flor de lengua, y como he leído más de una vez, “es muy propio del madrileño no darse cuenta de lo que tiene”, declaro a viva voz entre ellos que admiro y adoro el traqueteo constante en la calle, al salir de mi portal y también las vallas (y los carteles de “Disculpad. Estamos trabajando”) que interrumpen súbitamente el trayecto de los taxistas parlanchines.
Añoro ese fragor y el olor a arena y hormigón, esa nube de polvo que, más pronto que tarde, se disipa para dejar ver una ciudad mejor. Una siempre nueva Madrid ¡nunca perfecta por Dios! (para eso están las nuevas ciudades chinas o los impolutos suburbios). Siempre irresoluta y transgresora: como la queremos y entendemos.

Guillermo Barrios es el antiguo decano de Arquitectura de la Universidad Central de Venezuela. En Madrid, es socio fundador de la galería de arte Cesta República, en Chueca, punto de encuentro de la comunidad venezolana. En la Fundación Código Venezuela tenemos el enorme privilegio de contar con Guillermo como parte de nuestro Consejo Consultivo.

Este artículo fue publicado en el País el 30/09/2019 y su publicación en nuestro blog fue autorizada por el autor.
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