Foto Susana BarradasUsamos la frase “Diáspora Venezolana” para referirnos a millones de venezolanos que tratan de re-establecer el curso de sus vidas en un nuevo país luego de experimentar, en carne propia, las consecuencia del desabastecimiento alimentario, el desabastecimiento de medicamentos, la merma en los  servicios básicos -agua, electricidad, educación, salud-, la violencia ejecutada por los organismos del estado y el riesgo de muerte a manos de las bandas armadas. Los venezolanos huyen  de su terruño  por sobrevivencia. Muchos dejan a  sus padres, hijos, amigos, profesiones y propiedades, en la esperanza de tener una vida más segura, más productiva y poder enviar recursos materiales para mitigar el sufrimiento de los que se quedan.

El “Síndrome de Ulises”, “Duelo Migratorio”, “Mal del Inmigrante”, “Síndrome del Emigrante”, “Morriña”, “Melancolía”, “Nostalgia del Extranjero”…son los diversos nombres que recibe el mismo sufrimiento psíquico. Realmente, este sufrimiento es un tipo de duelo que padecen, no solo los que emigran, sino también los que se quedan, los que viven la pérdida psicológica -que no física- de sus familiares, además de la rarísima incertidumbre de haber perdido el país que habitan.

El duelo es el anuncio, a nivel mental, de las pérdidas causadas por la migración y por el proceso de descomposición social que hemos vivido los venezolanos: de un día para otro las personas aprenden a prescindir de aquello a lo que estaban acostumbradas; de lo que era una certeza, para luego experimentar una vivencia incierta, ambigua respecto a la presencia y a la ausencia de sus familiares, de sus condiciones de vida. En verdad, a cualquier ser humano le resulta muy difícil funcionar con normalidad cuando no tiene certeza de quién estará presente, para él, en forma completa y cotidiana, en cuanto familia.

La ausencia física y psicológica de las relaciones con las personas y el contexto, es el sufrimiento mental más importante que afecta a todos y especialmente a los niños pequeños quienes requieren orden y certidumbre para aprender y desarrollarse. Con frecuencia el inmigrante siente nostalgia y melancolía por los seres queridos, por el paisaje, por el clima y por los bienes materiales que ha dejado en Venezuela. Ese estado de tristeza  o duelo es una reacción natural, no patológica, del funcionamiento adaptativo del aparato mental  ante un nuevo contexto. La mente empieza a hacer un inventario de los cambios y pérdidas que han de ser compensados con la migración. Dicho estado recibe el nombre de duelo ambiguo.

El duelo es ambiguo porque no es una pérdida irreversible como la que experimentamos con el fallecimiento de un familiar. En el caso de la migración, la persona sufre un alto nivel de incertidumbre, de desconcierto dentro del nuevo territorio y se manifiesta a través de un diálogo interior carente de certidumbre, como por ejemplo «¿por cuanto tiempo estaré aquí?», «si me enfermo, ¿quien me cuidará?», «si no consigo trabajo, ¿cómo pago los gastos?», «los papeles, ¿cuando me saldrán?»… así, una lista de nuevos deberes ciudadanos como la legalidad, los impuestos, el idioma, las nuevas costumbres, el clima, la alimentación, el vestido, etc. Cuando este tipo de pensamiento se instala de manera prolongada, la persona empieza a sentirse ansiosa, deprimida, irritable y vacía. Este conjunto de presiones suele llevarlo al aislamiento, a un distanciamiento físico y psicológico de los familiares que SÍ están  presentes en el nuevo contexto.  El aislamiento aparece de manera inconsciente y suele tener un discurso interior permanente, rumiativo, como si pensar constantemente en lo perdido le permitiera resolver los sentimientos de injusticia, de deslealtad o, aún peor, de culpa que pueden haber surgido al momento de la partida.

A su vez, los hijos y las parejas se ven obligados a encontrar su propia manera de enfrentar la pérdida ambigua del familiar que permanece en estado de aislamiento, quedando todos los miembros de la familia en estado de duelo ambiguo. De esta forma, el duelo migratorio cobra víctimas en varias generaciones de una misma familia de inmigrantes porque el dolor puede permanecer soterrado en el fondo de muchos de los problemas familiares y psicológicos que aparecerán en el futuro.

La migración es un acto que realizan millones de personas en el mundo y supone un importante esfuerzo de adaptación. Lo más relevante, desde el punto de vista psicológico, es hacerse consciente de que el duelo ambiguo es una consecuencia de los factores externos que obligaron a migrar y no de un defecto de  su aparato mental. En segundo lugar, es recomendable observar los sentimientos de ansiedad, nostalgia, frustración y vacío; afrontarlos, no evadirlos, ver los contenidos de dichos sentimientos y compartirlos con la familia físicamente presente y con la familia ausente con el fin de que no queden «congelados» o «enquistados» dentro de su mente.

Recuerde que conectar con los seres queridos presentes y ausentes, aunque sea para llorar o recordar, ayuda a aliviar el dolor de todos. Comunicar y compartir las incertidumbres causadas por la distancia son la clave de la superación del duelo ambiguo.

Susana Barradas Correa es Venezolana, Psicóloga Clínica graduada en la Universidad Central de Venezuela, Doctora en Neurociencia por la Universidad Complutense de Madrid. Es  especialista en Terapia Cognitivo-Conductual, Psicoterapia Sistémica de Pareja y Familia y Evaluación Neuropsicológica de problemas de memoria, TDAH y otros trastornos cognitivo – emocionales. Ha ejercido la psicología en el Departamento de Psiquiatría del Hospital Vargas de Caracas, en el Departamento de Neuro-Pediatría del Hospital Pérez Carreño de Caracas y ha sido Profesor-Investigador del Instituto de Psicología, de la Escuela de Psicología en la Universidad Central de Venezuela. Ha desarrollado su propia consulta clínica durante más de 15 años entre Caracas, Madrid y Nueva York. Actualmente reside y ejerce en Madrid.

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