La decisión más triste de mi vida fue dejar Caracas y la UCV hace ya siete años. La más triste y la más acertada. Luego he tomado otras decisiones igualmente tristes, pero además, desacertadas. La peor, mudarme de Bilbao a Barcelona hace tres años, justo cuando ya me acostumbraba a decirle coches a los carros. No porque Bilbao sea mejor que Barcelona, sino porque caí en la ciudad catalana justo en el peor momento de la burbuja de los alquileres. Con las mismas mil horas de clases de inglés que daba en Bilbao y las otras mil horas traduciendo textos, no alcanzaba para vivir en Barcelona. Con un niño pequeño, mi esposa y yo tuvimos que asumir que nos habíamos equivocado al cambiar al País Vasco por Cataluña. Empezamos a endeudarnos y comprendimos que unos meses más en Barcelona llevarían a la quiebra.

Pero mi esposa le había estado dando vueltas a un proyecto paralelo desde hacía tiempo: ¿y si nos íbamos a un lugar más barato en donde lo que yo hacía traduciendo nos alcanzara para vivir?

Yo lo único que necesitaba era mi computadora (no, no me acostumbro a decir “ordenador”), mis libros y diccionarios, internet más o menos estable… ¿Existe un lugar así? Porque lo que yo hacía como traductor, sinceramente, no es “para echar cohetes”, como dicen aquí. “Mira estos pueblos que he estado buscando en internet”, me dijo ella. “Son bien bonitos”, también me dijo. Yo protesté alarmado: ¿y las bibliotecas y librerías? ¿Y los cines, los conciertos sinfónicos, la zarzuela?  “Ni has ido nunca a la zarzuela, ni te gusta,” respondió. Era verdad, pero aparte del cultural, otros temas me preocupaban: ¿colegio para mi hijo? ¿Cómo comprar comida, ir al médico o jurar la bandera (cuando me tocara) si no tenemos carro/coche?

Buscando un poco más, dimos con un pueblo de 200 habitantes a 50 kilómetros de la ciudad de León: Almanza, que a pesar de su tamaño, tenía médico a diario, farmacia, panadería, abasto, banco, tres bares (dos más de los que yo necesito para ser feliz) y, lo más importante, un colegio para Ignacio, mi hijo. Me sorprendió que un pueblito tan chiquitico tuviese tantos servicios. El alcalde me explicó por teléfono que eso se debía a que, a pesar de ser un pueblo pequeño, era el centro de un municipio enorme, unos doce pueblos que sumaban… 500 habitantes. O sea, eso que en Google Maps parecía un villorrio de carretera, era en realidad algo así como la ciudad principalísima de una zona aún más despoblada. De hecho tiene fueros de villa desde los tiempos de Alfonso IX de León, igual que la mucho mayor Bilbao.

Pregunté también al alcalde por lo del Internet: “Tenemos blanquegüifi”, me dijo. Blanket wifi: wifi por tos laos.

Tranquilizado por las ínfulas metropolitanas del pueblo, fui a visitarlo a mediados de febrero de hace ya dos años. Vine, vi, y casi fui vencido por una helada de menos diez grados. Pero de inmediato el pueblo me enamoró: metido en medio de enormes robledales (León no es tan árido como partes de Castilla, sino bastante más boscoso), rodeado de una romántica muralla muy derruida, un puente románico de siete arcos que cruza el río Cea, fondo de montañas nevadas, ovejitas pastando en el parque infantil en el que jugaría Ignacio, y sí, el colegio, el abasto, los bares prometidos y hasta una mínima biblioteca pública con una amplia selección de bestsellers de los ochenta en el segundo piso del ayuntamiento.

Me tardé algo así como unos fríos doce minutos en caminar todas las calles, para arriba y para abajo, varias veces. Ya estaba casi convencido, pero quedaba por ver si era verdad lo del alquiler barato, la razón principal de nuestra aventura rural. El alcalde me puso en contacto con mi futuro casero, quien me llevó a “las afueras” del pueblo —a unos doscientos metros de la plaza central— a un edificio de tres pisos (¡!). Cuento corto, era verdad, el “piso” era bueno y el alquiler muy barato.

Le mandé fotos de todo por WhatsApp a mi esposa y me dijo por teléfono que también estaba convencida. La verdad no teníamos otra opción, o esto o debajo de un puente en Barcelona en pocos meses. Así que el 2 de marzo de hace dos años embalamos nuestros cuatro coroticos y los mandamos en una furgoneta al pueblo, metimos a la gata Luna en su cajita de viaje y nos montamos en un tren a León en la estación de Sants. Llegamos al pueblo de noche, pero nuestro casero nos había dejado leche y huevos en la nevera, sábanas limpias y calefacción prendida.

Soy sociólogo y vi La pequeña casa de la pradera cuando me tocó, así que me juraba perfectamente preparado para la vida de pueblo. Lo primero que hice fue hacerme amigo del cura, un muchacho salvadoreño muy simpático. Cuando supo que yo toco la guitarra, enseguida me reclutó para el coro de la iglesia. Después de dos años sigo ahí, tocando los mismos tres acordes mayores que son válidos tanto para todo el repertorio de misa como para todo mi anterior repertorio de punk. El primer diciembre aquí, en un ataque de nostalgia navideña, logré que el coro montara un par de aguinaldos venezolanos.

A los seis meses haber llegado tuve una de mis recaídas tolkienianas cíclicas (debe ser la influencia de los robledales), y me dio por hacer hidromiel, la antiquísima bebida alcohólica a base de miel que pasó de moda con el triunfo del vino y la cerveza. En uno de los capítulos más divertidos de El Hobbit, el hombre-oso apicultor Beorn emborracha con hidromiel a Bilbo y sus compañeros de viaje. Aquí la apicultura es importante y se saca una miel fuerte y amarga de roble y brezo. Afortunadamente también me había hecho amigo del único otro fanático de The Cure del pueblo, a quien descubrí porque un día se apoderó del control remoto de la televisión de uno de los bares y nos puso a todos a ver videos postpunk por YouTube. Además de cuarentón postpunk (como yo, a pesar del “Alabaré, Alabaré” de los domingos), mi amigo es el mayor apicultor del pueblo. Hicimos llave con nuestros gustos musicales comunes y con mi idea del hidromiel y ahí vamos: llevamos año y medio fermentando miel, agua, levadura y algún ingrediente secreto más. Por fin hace unos meses hemos dado con un menjunje bebible y es hora de venderlo a los incautos leoneses. Deséenme (deseadme) suerte.

No todo es bonito; lo de “pueblo pequeño infierno grande” también tiene sus momentos de verdad. La criticadera es el deporte rural por excelencia. Todo es objeto de comentarios y preguntas no siempre bien intencionadas. Yo voy a misa porque me gusta cantar y porque me encantan los ritos, pero el catolicismo ultramontano de algunos por aquí, sobre todo de la gente mayor, me choca mucho. Para que se entienda: el Concilio Vaticano Segundo no llegó nunca a León.

Aquí llaman España vacía —o “vaciada”, las precisiones taxonómicas cambian todos los años— al mundo rural, cada vez más despoblado o con su población envejecida.

Mi recomendación a los hispanovenezolanos que estén pensando en la opción de mudarse a estos parajes es simple: no crean en titulares locos.

Que si en Palencia regalan un pueblo, que si en tal otro de Teruel dan casa gratis y trabajo, que si en Soria te regalan tres ovejas y cuatro cochinos si te mudas mañana. Nada de eso es verdad, nadie “regala” nada. Lo que sí es cierto es que, cuanto más lejos de las ciudades, más barato el alquiler, lo normal en todas partes del mundo. Si hay servicios mínimos, internet para trabajar, alguna buena oportunidad de negocios, colegio para tus niños y si no te importa perderte la temporada de zarzuela, los pueblos de España son una opción con alta calidad de vida.

Una última cosa buena: en esta comarca de León todavía hay algunos que en vez de decir coche dicen carro, cosa que me conmueve y que me hace sentir un poquito más en casa.

Hugo Pérez Hernáiz es Sociólogo de la UCAB y Doctor en Ciencias Sociales de Deusto. Ha sido profesor de FACES-UCV y de la UCAB. El artículo completo es una publicación de Cinco8, publicado el 20 de marzo de 2020. Su publicación en nuestro blog fue autorizada tanto por el medio como el autor.

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