Alejo Ruocco

Foto: Angela Bonadies

Venimos de una familia italiana y en la casa la cocina es el centro de todo. Eso se mezcló muy bien con Venezuela, porque nosotros también somos así. Las cocinas de las amigas venezolanas de mi madre y las cocinas de mi madre y mis tías italianas, se mezclaban y qué gozadera! Allí es donde uno aprende, además de en los viajes a Italia, cuando íbamos a visitar a la familia. Esa cosa cultural que ya desde pequeño uno tiene, esa bipolaridad feliz, totalmente feliz. Eso estaba ahí como “background”, la cultura culinaria que te pasa por las venas y no se sale más nunca.

Y yo que me he movido tanto, tenía ganas de un proyecto estable, que me anclara a algún sitio, tenía una urgencia de anclaje. Estaba como un velero y me dije “me quedo tranquilito, déjame quedarme aquí”.

Hice una formación más técnica en Italia para aprender el proceso semi-industrial de hacer pizzas, porque aunque es artesanal no puedes hacer dos pizzas al día, así el negocio no camina. Me fui a Roma, tres meses comiendo pizzas, haciendo de todo y aprendiendo algo nuevo a los cuarenta y pico de años.

He empezado de cero tantas veces, que dije “¿por qué no?”. Vamos a recrear otro personaje aquí que puede funcionar muy bien, el del cocinero, el pizzero, el papá de la cocina, el arquitecto de la pizza. Empezamos en un local pequeñito, de unos 20 metros cuadrados, un pasillito donde estuvimos durante cuatro años. Es un proyecto honesto, transparente y la gente lo ve y lo siente. Hay un sentimiento muy familiar que quería transmitir. La gente necesita sentirse en casa. Por eso también mucha de la gente con la que trabajo son venezolanos, porque tenemos una capacidad impresionante de empatía, eso que aprendimos en ese país tan bello que es Venezuela, esa capacidad de compartir, de transmitir.

Yo me quedo acá feliz. Por fin una ciudad me ancló y eso que no tiene mar. Madrid me enamoró, por eso estoy y seguiré estando aquí.

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