Codigo-venezuela-Memo-Vogeler

© Fotografía por Memo Vogeler, mayo 1995

Hace medio siglo, en 1970, España estaba mucho más lejos de Venezuela que hoy. Entonces las telenovelas venezolanas todavía no habían cruzado el atlántico, y apenas había una noticia al mes en prensa o televisión sobre ese país. Suficiente para dar una imagen de una nación rica y feliz, dotada de todos los recursos naturales para mantener, e incluso aumentar, esa imagen de envidiable prosperidad. Imagen que había atraído a los cientos de miles de españoles que antes, y sobre todo después de nuestra guerra civil, emigraron a Venezuela. Así que, cuando se me presentó la oportunidad de trabajar en ese lejano “Shangri-La”, no pude resistirlo, y acepté el destino que me ofreció Merrill Lynch para trabajar en su recién abierta oficina de Caracas.

Recuerdo las primeras explicaciones que mi nuevo jefe me hizo de la ciudad, la mañana del sábado siguiente a mi llegada nocturna desde Nueva York. Pude ver, en el mapa que abrió en su coche antes de salir a recorrerla, que se despliega en la falda sur de la breve cordillera del Ávila, cuya enorme mole verde la separa del mar. Lo hace en una serie de núcleos urbanos que recorren el valle de Caracas de este a oeste, unidos por unas autopistas que me parecieron asombrosamente modernas. Un concepto de ciudad totalmente nuevo para mí, acostumbrado a nuestras ciudades compactas, cuyo crecimiento entonces, se basaba en la construcción de nuevos barrios de edificios adosados, sobre la prolongación de las calles existentes.

Según me explicó mi interlocutor, la Caracas decimonónica, añadió poco a la ciudad colonial, que entró en el siglo XX con unos ciento cincuenta mil habitantes, llegando a duplicar la cifra cuarenta años después. Es entonces cuando un grupo de arquitectos venezolanos, liderados por Luis Roche, Jorge Romero y Carlos Raúl Villanueva, con el apoyo del equipo del famoso urbanista francés Rotival, diseñaron el plan de expansión de la ciudad. Este plan, en lugar de partir de la cuadrícula de la ciudad colonial, propuso un desarrollo en base a la agregación de fincas agrícolas que se extendían entonces por todo el valle de Caracas, y que quedarían unidas entre sí, y a la ciudad original, por una gran red vial. Un proyecto visionario, pero muy ambicioso, con una clara apuesta en la disponibilidad del automóvil por una gran parte de los caraqueños. Según el plan, en los nuevos núcleos de la ciudad, predominarían edificios residenciales aislados, dotados de jardines, que convivirían con espaciosos chalets, creando una impresión de ciudad jardín.

Mi anfitrión dio por terminada esta presentación inicial, guardó el plano, arrancó el coche y comenzamos el recorrido por la ciudad, partiendo de mi hotel en la Plaza de Altamira, y subiendo por la avenida principal, también de Altamira. Fui descubriendo unos magníficos edificios residenciales, de diez o más pisos de altura que descollaban elegantemente sobre la bien arbolada avenida, aislados entre sí por generosos jardines, y por la ocasional quinta. Esto daba un ambiente de tranquilidad casi rural al conjunto.
Cuando se lo comenté a mi guía, este me dijo que efectivamente Luis Roche primer promotor y ejecutor del Plan Rotival, había seguido las directrices del plan, comprando la hacienda Branger en 1943, de unas cien hectáreas, y construyendo primero la Plaza Altamira, en la que instaló un espléndido obelisco. Concretó el diseño urbanístico del espacio, y lo dotó con el alcantarillado y acometidas de agua y electricidad, con lo que atraería a promotores y constructores a instalar los edificios y casas que ahora veíamos.

Seguimos subiendo por la avenida hacia el Ávila hasta que en una redoma giramos a la derecha para continuar hacia el Este. Ahora estamos en otro distrito, “Esto era la Hacienda de los Palos Grandes, y como verás aquí su desarrollo, posterior al de Altamira, no se ajustó tanto al plan Rotival pues contiene manzanas enteras de edificios adosados, debido a la gran necesidad de viviendas asequibles que se fue creando en los años cincuenta”. Efectivamente, esta zona de la ciudad, si bien en nada desagradable, había perdido en gran parte la calidad de ciudad jardín de su vecina.

Seguimos hacia el este y de nuevo remontamos hacia el Ávila. “Estamos entrando en Sebucán”, me informó mi anfitrión. De nuevo apareció la ciudad jardín, pero aquí con predominio de quintas sobre los edificios asilados, muchas con jardines de hasta media hectárea. “Hemos llegado amigo. Aquí está el apartamento que te he reservado”. Bajé mi maleta y entramos en el segundo piso de una pequeña quinta que me alquilaba un matrimonio italiano que vivía en el primer piso. Después de saludarles y concretar los términos del alquiler, dejé mi maleta en el dormitorio y me reuní con mi anfitrión en la terracita de mi nuevo apartamento, habiendo procurado antes un par de cervezas bien frías, con las que mis arrendadores habían pertrechado, mi, por lo demás, vacía nevera.
Mientras dábamos cuenta de nuestras cervezas, mi jefe, de padres norteamericanos, continuó con su explicación. “Bueno creo que con lo que hemos visto podrás entender el concepto básico de la Caracas moderna. Cada zona tiene su propio centro comercial, y muchas, hospitales y hoteles. Aunque no siempre se ha respetado el plan de los urbanistas originales, el concepto de ciudad jardín predomina en los nuevos núcleos urbanos a ambos lados de la autopista del Este. Vamos a seguir el paseo y terminarás de absorber el espíritu de esta ciudad.”

Descendimos hacia la autopista y pasamos ante un gran parque, el Parque del Este. “Buen parque” me comentó mi guía, “Aunque yo prefiero subir por los senderos del Ávila; alguna vez he llegado a la cumbre, una subida de mil metros desde Caracas, que te sitúa a dos mil sobre el mar. Las vistas son espectaculares.”

Enseguida circulábamos por la autopista del Este en dirección oeste, con tráfico abundante pero fluido, casi todo compuesto por grandes y modernos coches americanos. “Esta autopista divide la ciudad en dos mitades, hemos visitado parte de los centros urbanos del norte y ahora cruzaremos hacia el sur”. De pronto ¡Un aeropuerto!…. ¿Un aeropuerto en medio de la ciudad?
Cuando mi jefe me explicó que era solo para aviones privados, mi sorpresa aumentó, y cuando me informó que había unos cuatrocientos aviones que se cobijaban en sus hangares me quedé sin habla. “Sí, me explicó, es el mayor aeroclub del mundo fuera de los Estados Unidos, y tiene mucha actividad. La avioneta se ha convertido en una herramienta de trabajo para muchos caraqueños que tienen negocios en otras partes del país”. Creo que en toda España entonces no habría más de una docena de aviones privados.

Dejamos la autopista desde un intercambiador, donde se entrecruzaba con otras autopistas, y entramos en Las Mercedes, una zona urbana de edificios semi‐adosados de tres alturas, todos con el mismo diseño, lo que daba una armonía muy agradable a la zona. “Hasta entrada la década de los cincuenta esto era parte de una gran hacienda cafetera llamada Prados del Este. En este caso, el arquitecto Jorge Romero, planeó una ciudad peatonal que llamó Las Mercedes, en la que viviendas y comercios coexistirían en un ambiente que me parece muy armonioso”. Coincidí con él en esta apreciación, y mi guía continuó. “Podríamos subir a la autopista de Prados del Este, que nos llevaría al núcleo urbano de Prados del Este, pero prefiero llevarte al oeste de la ciudad para que conozcas el núcleo central de Caracas.”

Así que volvimos a la Autopista del Este, dejando a la derecha el gran núcleo de Chacao, y a la izquierda los armoniosos edificios de la Universidad Central de Venezuela. “Aunque participaron varios arquitectos internacionales de gran renombre en la construcción de la Universidad, el director del proyecto fue Carlos Raúl Villanueva que deslumbró a sus colegas con su dominio de la construcción en base a cemento armado. Es una de las obras cumbres de la arquitectura actual y en sus cuarenta edificios acoge a sesenta mil estudiantes y más de cinco mil profesores.”

Pasamos luego delante del gran Parque Los Caobos, dejando la autopista poco después para adentrarnos en los aledaños de la ciudad colonial, donde están el Palacio del Congreso, las oficinas del Gobierno, las del Banco Central de Venezuela, y las de los principales bancos del país. Un núcleo urbano ecléctico, en lo que lo colonial se mezcla con lo moderno, y lo residencial con lo comercial, no siempre en buena armonía. Pero claramente, hoy la Caracas colonial y central se ha convertido en un eslabón urbano más de la ciudad, eslabón que ha quedado situado al oeste de lo que hoy es su centro geográfico, la Plaza de Altamira.
“Bien, ya está bien de turismo, vamos a llenar tu nevera” y con estas palabras volvimos hacia Las Mercedes aparcando delante del supermercado CADA, el primero que había visto en mi vida. Me impresionaron las filas tras filas de anaqueles llenos de productos, muchos importados, incluso las dos lechugas que compré marcadas “Produce of California”. Una visita que hizo que se me agolparan las preguntas, pero no quise abrumar a mi amable anfitrión con ellas. Dejamos la compra en el coche y nos acercamos andando a un restaurante informal cercano, pues nuestros estómagos, al menos el mío, reclamaban atención.

Una vez instalados ante sendos churrascos, mi jefe me preguntó por mi impresión “Esto ha sido un primer vistazo pues no hemos visto ni la cuarta parte de la ciudad, pero ¿Qué te ha parecido? ¿Qué mensaje te da?” No dudé al contestarle, “Una gran ciudad como esta, levantada y ocupada en 20 años es un prodigio. Los prodigios solo se dan cuando una conjunción de circunstancias lo permiten, cosa que evidentemente ha pasado en la expansión de Caracas. Primero la atrevidísima visión de los arquitectos detrás del Plan Rotival; segundo los emprendedores como Roche, Romero, Villanueva, y los que vinieron en la estela de estos; tercero la profesionalidad de las autoridades municipales, que apoyaron y coordinaron los desarrollos urbanos de esos emprendedores; cuarto la capacidad financiera para desarrollarlos, evidentemente producto del petróleo; y finalmente la aparición de un gran número de compradores y arrendadores que ocuparon las nuevas viviendas.”

“Sí tienes razón ha sido un prodigio, me respondió mi guía, un prodigio financiado, como dices, por el petróleo, y en el que participaron visionarios y emprendedores, que soñaron con una ciudad alegre y luminosa. Una ciudad que, según crecía, fueron ocupando, desde 1950 hasta hoy, principalmente inmigrantes españoles, portugueses, e italianos; seguidos por sirios, libaneses, y también aunque en menor medida por judíos centroeuropeos, y otras muy variadas nacionalidades. Una inmigración activamente solicitada y apoyada por el Instituto Venezolano para la Inmigración, donde hombres como Eduardo Mendoza y Enrique Tejera, trabajaron para captar salvia nueva capacitada y emprendedora para nuestro país. Esto supuso una inyección de más de un millón y medio de habitantes en veinte años, que ocuparon la nueva ciudad y se pusieron a trabajar con la población local para cumplir sus sueños; y en el proceso se hicieron muy venezolanos.

“Y los hijos de estos, que hoy cantan el himno nacional todas las mañanas a las ocho, antes de entrar en clase, orgullosamente formados ante el mástil con la bandera nacional ondeando, no digamos. Estos chicos y chicas ya no son españoles, ni libaneses, ni portugueses; son venezolanos, convencidos que su país es el mejor el mundo. Por eso, los venezolanos somos tan alegres; porque sabemos que nos ha tocado la lotería. Claro que sigue habiendo pobres, pero los que viven en chabolas, son gente sin preparación, que hoy tienen dificultad en acceder a empleos mejor pagados, pero en una economía que crece como esta, sin duda irán consiguiendo mejores trabajos.”

“Yo ya no vuelvo a Estados Unidos, pues no me siento americano; soy venezolano y a mucha honra.” Y añadió con pasión, “Tienes que darte un paseo por este país, es absolutamente maravilloso.”
Me instalé en mi pequeña terraza después de que mi amable jefe me depositara en mi apartamento, y acomodado en un sillón miré las flores azules de la gran jacaranda que asomaba al final de mi calle, disfrutando de un templado atardecer, amenizado por trinos de lo que luego supe eran ranitas.

Poco a poco, mi mente volvía al aeropuerto de la Carlota, a las espectaculares autopistas, al gran valle central y sus circundantes colinas y valles menores; a los diferentes distritos cada uno con su personalidad, a los modernos coches, al magnifico supermercado y al dinamismo palpable de una gran ciudad en marcha, movida por una gran clase media de muy amplio espectro. Mi querido Madrid, en comparación ahora me parecía una ciudad anquilosada, anclada en el pasado. Volví a pensar en Caracas, en sus maravillosas autopistas y urbanizaciones, y la veía alegre, próspera, cosmopolita, y sofisticada, una ciudad en la que todas las estaciones son primavera, y todas las caras miran al futuro.

Caracas, ciudad de los sueños. De maravillosos sueños, que muchos realizamos entonces, y que hoy añoramos nuestro “Shangri‐ La” perdido.

Ultano Kindelan Everett
Presidente de la Fundación Código Venezuela

Nacido en 1940 en Sevilla, de padre español y madre inglesa, Ultano se graduó como ingeniero aeronáutico en el Imperial College de Londres, después de completar su bachillerato en Madrid.
Trabajó unos años como ingeniero, dejando el mundo de la aviación en 1969 para ingresar en Merrill Lynch, dando comienzo a una larga carrera en el mundo financiero. Después de unos años en Caracas volvió a España en 1987 como Presidente de Merrill Lynch Española, puesto que ocupó hasta ser nombrado Presidente de Citibank PB en España, en 1996. Desde 2010 es asesor financiero independiente.
Casado con venezolana, y residente en Caracas durante más de ocho años, es un amante de Venezuela y admirador de los grandes venezolanos que crearon la moderna Venezuela, lamentablemente hoy desaparecida.

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