Carta desde esta orillita del Caribe, por Soledad Morillo Belloso

Mar 5, 2026

Mis queridos panas, mis primos del alma, mis hermanos repartidos por el mundo:

Aquí les escribe una venezolana que sigue en esta tierra que ustedes dejaron, pero que no los suelta ni un segundo. Los imagino en sus ciudades frías, ordenadas, silenciosas… o en esas otras muy gritonas donde todo es tan distinto que uno siente que camina como en punticas para no meter la pata. Los imagino echándole pichón, aprendiendo palabras nuevas, comiendo cosas raras, extrañando el aguacate de verdad y explicando por enésima vez que sí, Venezuela existe, y sí, somos gente chévere.

Por aquí seguimos, les cuento, como siempre: inventando. Que si el agua llegó, que si no llegó, que si la luz se fue, que si volvió, que si el dólar subió, que si bajó, que si el vecino puso música a las 7 am, que si la arepa quedó muy buena hoy. Nada nuevo, pues. Pero entre todo eso, seguimos riéndonos, porque si algo tenemos es ese humor que no se oxida.

Les cuento que cuando llueve, huele igualito que cuando ustedes estaban aquí. Que el Ávila sigue hermoso, terco, parado ahí como diciendo “tranquilos, yo los espero”. Y lo mismo hacen los ríos, los lagos, los llanos, los páramos, las selvas. Y, claro, los mosquitos, las paraulatas, las guacamayas, los turpiales, los chigüires.

Ah, y los araguaneyes ya empezaron a florear, y se ven de un bonito… Les cuento que la gente sigue saludando con un “mi amor”, “mi reina”, “mi pana”, aunque no te conozca. Que las empanadas siguen quemando la lengua. Que el sol sigue siendo descarado y, cuando llueve, la lluvia moja distinto, aunque nadie sepa explicar por qué. Que la vida, aunque a veces se ponga cuesta arriba, todavía tiene sabor a papelón con limón.

Y ustedes… ustedes hacen falta. Hace falta la bulla de sus cuentos, sus chistes malos, sus abrazos que duran más de lo socialmente aceptable. Pero también les digo algo: estamos orgullosos de ustedes. Mucho. Orgullosos de que se hayan ido a buscar futuro, de que estén construyendo vida, de que manden fotos de sus logros, de que no se olviden de dónde vienen, aunque estén a miles de kilómetros.

Aquí los recordamos en cada hallaca que sobra (y que se guarda para después de Carnaval), en cada silla vacía en diciembre y en el sancocho del Domingo de Resurrección (con vecinos que se colean), en cada “¿te acuerdas cuando…?”. Y aunque duela un poquito, también alegra, porque uno sabe que ustedes están bien, o al menos mejor, o al menos intentando, que ya es mucho con bastante.

No se sientan culpables por haberse ido. No se sientan menos venezolanos por hablar con acento mezclado. No crean que los queremos menos porque no están. Ustedes son parte de esta tierra, así estén en Tokio, en Madrid, en Santiago, en Buenos Aires o en la Conchinchina.

Y cuando puedan, vuelvan. Aunque sea de visita. Aunque sea a comerse una empanada en la playa, a ver el Ávila un ratico, a recargar el alma con ese calorcito que no se vende en ningún aeropuerto.

Mientras tanto, sigan adelante. Sigan soñando. Sigan echando broma. Sigan siendo esa mezcla rara de nostalgia y valentía que sólo un venezolano entiende. Ese es el código Venezuela.

Aquí los esperamos con café colao, abrazo apretado, besos babosos y un “cuéntamelo todo” que dura horas.

Con cariño del bueno, como se quiere a la venezolana,

Soledad, una venezolana que los piensa y los celebra

Soledad Morillo Belloso es periodista y escritora. Compartió con nosotros esta misiva escrita para ti, migrante venezolano, que un día dejaste la tierra preciosa, persiguiendo metas y sueños en otro país, pero siempre fiel a tus raíces. Sigamos adelante.

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