En esta edición de Cartas desde la Venezuela Virtual, compartimos la experiencia de uno de nuestros colaboradores: el actor, presentador y comunicador Alfonso Ferrer. Es un texto que, desde su experiencia personal, nos toca fibras a todos los migrantes.
Compartimos retos, tristezas y alegrías; pero más allá de eso, estamos unidos por la fuerza y la resiliencia de ser venezolanos, migrantes, con sueños, anhelos y la esperanza que nos sostiene en el día a día.
No estamos solos. A continuación las palabras de Alfonso:
Querida diáspora venezolana:
Hay maletas que no pesan por la ropa que llevan dentro, sino por todo lo que dejan atrás.
Yo nací en Maracaibo, una tierra caliente no solo por el clima, sino por su gente, por ese humor que sobrevive incluso en los días más difíciles. Crecí soñando con cámaras, escenarios y micrófonos. Desde muy joven encontré refugio en el teatro, en la animación de eventos, en los cortometrajes y en la comunicación. Mientras muchos soñaban con irse, yo soñaba con quedarme y crecer en el país que amaba.
Mi abuela siempre me repetía una frase bíblica que terminó convirtiéndose en parte de mi vida:
“Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente; no temas ni desmayes, porque Dios estará contigo dondequiera que vayas”.
Y quizás eso es lo que hacemos los migrantes todos los días: esforzarnos y ser valientes, incluso cuando por dentro sentimos miedo.
Me gradué como periodista en la Universidad Católica Cecilio Acosta y luego me fui a Caracas con una carpeta llena de sueños y la valentía que uno tiene cuando todavía cree que todo es posible. Toqué puertas en Televen, en Venevisión, estudié teatro gracias a una beca y a personas que aparecieron en mi camino para tenderme la mano. La actriz Flor Núñez fue una de ellas. Más adelante llegaría la oportunidad de trabajar y actuar en Venevisión, ese canal que durante años había visto desde niño imaginando algún día estar allí.
Y sí, durante un tiempo sentí que la vida me estaba regalando exactamente aquello que había pedido.
Pero mientras mis sueños crecían, también crecían las dificultades del país. Las producciones se detenían. Las funciones de teatro eran suspendidas por protestas. Vivíamos entre incertidumbre, miedo y ansiedad. Poco a poco, el temor empezó a formar parte de mi rutina. Ser víctima de la delincuencia dejó de ser una excepción y comenzó a sentirse normal. Y uno nunca debería acostumbrarse al miedo.
Entonces entendí algo doloroso: amar un país no siempre significa poder quedarse en él. A los 25 años emigré a Chile.
Y emigrar es algo que nadie logra explicar del todo hasta que lo vive. Porque uno no extraña solamente a la familia. Uno extraña los olores, las conversaciones, las arepas de la esquina, el sonido de la lluvia en el techo de la casa, la manera en que nos llaman por nuestro nombre quienes nos conocen desde siempre.
En Chile me tocó comenzar desde abajo. Trabajé en bodegas, fui cajero, manejé redes sociales y enfrenté situaciones que jamás imaginé vivir. También sufrí xenofobia. Un episodio doloroso se hizo viral y fue noticia en distintos lugares. Pero entendí que uno puede permitir que el dolor lo destruya o usarlo para construir algo.
Y decidí construir.
Así nació “Un Chamo por Chile”, una plataforma donde empecé a contar mi experiencia y a ayudar a otros migrantes. Como periodista, sentía la necesidad de informar, orientar y acompañar. Entrevistaba abogados, explicaba procesos migratorios y hablaba de cosas que a muchos les daba miedo preguntar. Pero también denunciaba la discriminación que sufrían tantos migrantes simplemente por existir lejos de casa.
Con el tiempo entendí que la migración te cambia profundamente. Hay quienes emigran y esconden su acento. Yo hice lo contrario: aprendí a abrazarlo más fuerte. Porque cuando uno está lejos, descubre que el país no era solamente un territorio; también era la forma en que hablábamos, en que saludábamos, en que ayudábamos a otros aun sin tener mucho.
Después llegó la pandemia. Luego un robo. Y otra vez sentí que la vida me estaba diciendo: “muévete”.
Entonces emigré nuevamente. Esta vez a España.
Y aunque llegué con miedo, también llegué más fuerte. Porque el migrante aprende algo importante: la primera vez se emigra con incertidumbre; la segunda vez se emigra con experiencia.
Madrid me recibió con nuevos retos, pero también con nuevas oportunidades. “Un Chamo por Chile” se convirtió en “Un Chamo por Europa”, porque mi propósito seguía intacto: comunicar, orientar y ayudar a nuestra comunidad. Hoy tengo la oportunidad de trabajar en televisión en España como presentador de Conexión VIP, y cada entrevista, cada programa y cada historia me recuerdan por qué nunca debemos renunciar a lo que somos.
Pero si algo me ha enseñado este camino es que el verdadero éxito no está solamente en crecer uno, sino en poder extender la mano mientras avanzas.
A través de mis plataformas he podido ayudar a personas, conectar con empresarios para apoyar causas médicas, tender puentes para venezolanos que necesitan una oportunidad o simplemente alguien que les diga: “sí se puede”.
Porque a veces eso es lo único que necesitamos escuchar.
Tengo diez años sin ver a mi mamá.
Y escribir esa frase todavía me duele.
Ella está en Estados Unidos y yo en España. La migración nos puso en países distintos y la vida siguió pasando entre videollamadas, cumpleaños a distancia y abrazos pendientes. Hace poco recibí una negación de visa y aunque emocionalmente fue duro, sigo creyendo que algún día voy a volver a verla.
Porque el migrante aprende a vivir de la esperanza.
Y sé que no soy el único. Soy el reflejo de miles de venezolanos que tienen años sin abrazar a sus padres, a sus hijos, a sus hermanos. Personas que han tenido que aprender a amar en la distancia y a resistir desde la ausencia.
Pero aun así seguimos adelante.
Seguimos trabajando. Seguimos soñando. Seguimos creyendo.
Porque arriba hay un Dios que poco a poco va abriendo caminos incluso cuando nosotros sentimos que las puertas están cerradas.
Cada migrante tiene una historia distinta. Algunos llegaron y triunfaron rápido. Otros siguen luchando en silencio. Algunos sonríen en redes mientras lloran después de colgar una llamada con su familia.
Eso también es valentía.
Quiero decirte algo, especialmente si hoy te sientes perdido: no te avergüences de empezar otra vez. Empezar de cero no significa fracasar. Significa tener el coraje de reconstruirte.
Yo siempre digo que hay una diferencia entre empezar de cero y empezar de nuevo. En Chile empecé de cero. En España empecé de nuevo. Porque ya no era aquel muchacho asustado que salió de Venezuela con preguntas; ahora era alguien que había aprendido que incluso en medio del caos uno puede reinventarse sin perder su esencia.
No importa dónde estés leyendo esta carta. No importa si hoy limpias mesas, trabajas en una cocina, manejas doce horas o lloras en silencio porque extrañas tu casa. Tu historia no termina aquí.
La migración no nos quitó los sueños; nos obligó a hacerlos más fuertes.
Y aunque la distancia duele, también transforma. Nos vuelve más humanos, más resilientes y más conscientes del valor de las pequeñas cosas. Nos enseña que un mensaje de mamá puede salvar un día entero, que escuchar un “¿eres venezolano?” en otro país puede sentirse como un abrazo y que incluso lejos, seguimos llevando a Venezuela dentro del corazón.
A donde vayas, lleva tu luz. No permitas que las dificultades apaguen la esencia de quien eres. Y recuerda siempre esto:
“Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente; no temas ni desmayes, porque Dios estará contigo dondequiera que vayas”.
Con cariño,
Alfonso Ferrer