Esta carta desde la Venezuela Virtual la escribe una de nuestras patronas, Carolina Godayol. Resuena del texto una pregunta común cuando decidimos emigrar a España: ¿por qué tan lejos? Pero a lo largo de los años, el fenómeno de nuestra aventura tricolor destaca por el enorme talento venezolano y por nuestras raíces, mientras seguimos alcanzando metas en nuestro nuevo país. Tú también puedes.
A continuación, las palabras (e historia) de Carolina, que terminan en una certeza muy esperanzadora.
«Querida diáspora venezolana:
(Copio el inicio de la carta escrita por Laureano Márquez porque me parece la manera más acertada de dirigir este mensaje escrito expresamente para todos ustedes)
Creo que les ganaré, casi seguro, si hablamos de cuánto tiempo tenemos fuera de Venezuela. Yo casi siempre gano por goleada, salvo en pocas excepciones. Vine a vivir a Madrid en 1991, en un momento en el que nadie salía de Venezuela. Trabajaba en Caracas en ARS Publicidad, una de las mejores escuelas creativas y profesionales que alguien pueda imaginar. Hacía un año que me había graduado de comunicación en La Católica, era feliz, era muy joven, vivía en casa de mis padres y aunque mi sueldo era de principiante, me permitía cubrir todos mis gastos y ser financieramente independiente.
En la navidad de 1990, vine con mi papá a pasar navidades en Madrid con mi abuela, que había enviudado y regresado a España después de decenas de años en Venezuela, y con mi Tía, la hermana pequeña de mi papá, que se casó y se quedó a vivir aquí cuando los enviaron a estudiar durante las huelgas generales que cerraron las universidades en los tiempos de Pérez Jiménez.
Mi papá me propuso que me viniera a vivir con ellas y el 15 de septiembre de 1991 estaba aquí, con la excusa de hacer un doctorado en la Universidad Complutense. Cuando comuniqué a ARS mi decisión, el mensaje corrió como la pólvora… todos venían a preguntarme ¿Cómo es que te vas? ¿Por qué tan lejos? ¿Estás loca? ¿Por cuánto tiempo? ¿Miami está más cerca, lo has pensado? …
Cuando llegué a Madrid me encontré con la soledad. No tenía amigos, no entendía el lenguaje, ni las formas, ni la manera de entenderse entre las personas. Los códigos eran muy diferentes. Conocí personas de distintos países, que se convirtieron en mis amigos, y luego en una familia adoptiva y con ellos aprendí que, aunque nadie supiese donde estaba Venezuela, había vínculos que nos unían por educación, intereses comunes, formas de pensar.
Aprendí que la soledad es la peor de las consejeras, y el primer enemigo de la migración porque te invita a tomar decisiones equivocadas. Al pasar los años descubrí que la verdadera soledad es aquella que se siente estando acompañada.
Aquí coges tu coche, aguantas el atasco y después del Stop, conduces dos calles más y al girar a la derecha, lo puedes aparcar en el parking. En Caracas, no se te ocurre parar en el pare si no hay tráfico, miras siempre que no haya nadie siguiéndote y aceleras si ves una moto, pero agarras tu carro sincrónico, manejas y estacionas, (nunca, jamás, lo coges), y si tienes la mala suerte de que te toca el semáforo en rojo a partir de que se hizo de noche, aceleras, cierras los ojos, y empiezas a rezar. No es un idioma diferente, pero ni usamos las mismas palabras ni las pronunciamos igual. Lo mismo con las formas, somos diferentes a pesar de las semejanzas. Yo introduje algunas palabras en mi vocabulario, pero nunca cambié mi acento, ni hablo de vosotros, no sé hacerlo.
Este era entonces un país en proceso de cambio, se estaba abriendo al mundo, estaba entrando en Europa, había sólo un restaurante japonés en la calle Echegaray, y otro que costaba un riñón al lado del actual ABC de Serrano. La oferta gastronómica era limitada, comparada con la nuestra tan internacional. Hace 34 años, no había móviles, ni internet…. era otro planeta y poco tiene que ver con la realidad actual.
Pasaron los años y las cosas se complicaron allá. Fui a Venezuela a visitar a mi familia todos los años desde 1991. Vi como pasamos de la alegría permanente, a faltarnos la sonrisa, a una nostalgia oculta, a la pérdida de esperanza, a la ilusión sin fin, a la duda permanente. Décadas de montaña rusa emocional colectiva, donde parecía que brillábamos, pero al poco tiempo nos cubría el miedo y la oscuridad y donde los venezolanos empezaron a migrar.
Viví el fenómeno inverso en España. Pasamos de ser muy pocos, a ser un número importante de ciudadanos que estamos contribuyendo al crecimiento económico, demográfico y creativo de esta sociedad que nos ha recibido con tanto afecto y respeto.
Los venezolanos que han llegado a España son un referente profesional, son tomados en cuenta, admirados, ocupan posiciones en todos los ámbitos de la economía y de la sociedad. Son empresarios innovadores y emprendedores. Y esto es lo que más me ha maravillado y de lo que más me asombra, cada día hay una iniciativa nueva, un proyecto incipiente, una nueva idea por construir, somos un orgullo (y aunque siempre esté el que nos raya, los buenos somos la mayoría).
Tengo un único hijo, nacido aquí y de padre inglés. En el 2017, cuando ya no regresó a Venezuela, empezó a hablarme en venezolano, como un niño de culebrón. A los pocos días le pregunté por qué había cambiado su acento, él nació aquí y la mayor parte de sus referentes son de esta parte del mundo. Su respuesta me dejó helada…. “Mami, yo también soy de Venezuela, y no quiero que se me olvide mi país” y desde entonces, cuando se cruza con algún migrante venezolano, cambia inmediatamente su acento, y le dice “¡qué tal mi pana!, qué arrecho esto…” a pesar de que de momento él no haya regresado. Tenía 13 años la última vez que fue, ahora tiene 21. Su acento venezolano es inmejorable.
He tenido la suerte de haber desarrollado una trayectoria profesional de la que me siento muy orgullosa. En una oportunidad fui a un plató de televisión donde el director, el cámara, la productora, el iluminador… todo el equipo artístico y técnico era de Venezuela. Habían sido contratados por mi empresa, sin ningún contacto conmigo, sencillamente porque eran los mejores y los más competitivos. ¡¡Qué orgullo!!
Reviso este texto antes de enviarlo y hoy tenemos un ¡Premio Nobel por la Paz! Venezuela abre las portadas de todos los periódicos y los telediarios del mundo entero con esta noticia, tan bonita, tan esperanzadora y que refleja mejor que nada nuestra identidad como nación. Debemos darnos un abrazo inmenso.
Hoy doy clases en varias universidades, y muchos profesores, doctores, alumnos, gente de limpieza, ingenieros, mantenimiento… son venezolanos. No hay mayor sensación de familia, que ese saludo cariñoso, donde te preguntan “Profe, ¿se desayunó una arepita?”.
A pesar de haber vivido fuera de Venezuela desde hace 34 años, soy una optimista sobre el futuro de nuestro país, creo que hemos aprendido que los derechos hay que defenderlos o nos los roban que, aunque seamos mayoría, si no ponemos los valores y principios por encima de los intereses personales, perdemos lo que somos. Si no defendemos lo que nuestros abuelos construyeron, nos lo roban. Sin seguridad jurídica, ética y compromiso, no hay nada. Sin libertad, sin personas que hablen en voz alta, sin derechos y obligaciones, no hay nada.
Creo que veremos renacer en Venezuela un país sin límites al que podremos regresar, aunque sea de visita, e iremos con este conocimiento que nos ha dado el exilio, que nos ha hecho mejores personas y profesionales, podremos aportar esta experiencia y crear un lugar aún mejor.
Si pienso en aquella joven valiente, que ese 15 de septiembre de 1991 aterrizó sola en un país nuevo, la abrazaría fuertemente y le diría que la aventura ha merecido la pena.
Y como dijo George Harris al finalizar su presentación de Madrid… muchachos, los quiero, ¡nos vemos en Venezuela!»
Carolina Godayol Disario
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